En Memoria de Gleyzer; a propósito de "Raymundo"


gleyzer

“Nosotros no hacemos films para morir, sino para vivir, para vivir mejor. Y si se nos va la vida en ello, vendrán otros que continuarán”
Raymundo Gleyzer.

 

Hoy 25 de septiembre Raymundo Gleyzer está de cumpleaños, celebraría 71 salvo por un pequeño y cruel detalle: la tarde del 27 de mayo de 1976 un comando militar lo detuvo a la salida del SICA, en Buenos Aires. Raymundo, al igual que más 30 mil argentinos, nunca más apareció.

 

Sin usar pólvora ni TNT, sus balas y bombas estaban hechas de luz y celuloide, porque Raymundo disparaba certeras películas al corazón del poder y sus barricadas eran las funciones clandestinas que armaba en barrios, fábricas y universidades para proyectar las obras del Cine de la Base.
Aquel grupo de artistas fue un brazo armado más para Videla, tanto como el ERP o los Montoneros. Tan peligrosas como las balas han sido siempre las imágenes. Que lo diga la dictadura chilena, que prohibió a las revistas de oposición mostrar fotos durante los ’80, que desapareció a Jorge Müller y quemó vivo a Rodrigo Rojas Denegri.
Muchas veces llegaron los militares en mitad de una función y la arrancadera tenía sus prioridades:  salvar siempre el viejo proyector. “Y si se nos va la vida en ello, vendrán otros que continuarán” decía Gleyzer a propósito de su trabajo.
Y fue así como ocurrió. Por 10 años se dedicó a registrar impresionantes obras sobre la ebullición social de los ’60 tanto en suelo Argentina como el extranjero. Aquel tesoro prevalece hoy casi intacto, capricho del destino, torpeza de los militares: al momento de su secuestro, de su departamento se llevaron los discos, los papeles, el televisor, la ropa, hasta la cuchara de la azucarera, todo; pero a pesar de los destrozos y el despojo (“el joven se va de mudanza por un largo tiempo” le dijeron los militares a una vecina), dejaron los filmes.
De esta manera “La Tierra Quema”, “Masacre de Trelew”, “México, la revolución congelada” o “Los Traidores”, entra tantas otras obras más sobrevivieron al paso del terror y la amenaza del olvido. 36 años después, en el 2002 el círculo se cerraría en su mismo país, en la misma ciudad, otra vez una pareja de artistas, tal como él y Juanita. “Vendrán otros que continuarán”. Pero yo entonces no conocía nada de esta historia.
Hace 4 años tuve la oportunidad de conocer a Ernesto Ardito, el gran realizador argentino. Había sido invitado a la ciudad a presentar su premiado documental “Corazón de Fábrica” (2001), realizado en conjunto con Virna Molina, su pareja.
Lo entrevisté en la radio y luego de eso compartimos un par de días entre mi casa y las calles de Valparaíso. A su partida junto con un gran abrazo me regala una copia de “Raymundo”.

La visita de Ernesto había generado mucha expectación, “Corazón de Fábrica” fue aplaudida en un salón repleto y los DVDs con sus películas se habían vendido en el instante, así es que mi copia fue inmediatamente sugerida en préstamo por un amigo que a su vez la pasó a otro y éste a otro más hasta que recién un par de semanas después tuve la oportunidad de recuperarla y sentarme a verla.

Luego de dos horas permanecía sentado, el disco había dejado de girar ya hace rato, yo no podía dejar de pensar cosas. Era entonces un 25 de septiembre, sin saberlo conocía a Gleyzer el mismo día de su cumpleaños. Finalmente recordé a Ernesto, fuí al computador, le escribí:

 
 
Valparaíso , 25 de  septiembre de 2008

El arte y el tiempo
¿Quiénes son mis contemporáneos? -se pregunta Juan
Gelman.
Juan dice que a veces se cruza con hombres que huelen
a miedo, en Buenos Aires, Paris o donde sea, y siente
que esos hombres no son sus contemporáneos. Pero
hay un chino que hace miles de años escribió un poema,
acerca de un pastor de cabras que está lejísimo de la
mujer amada y sin embargo puede escuchar, en medio
de la noche, en medio de la nieve, el rumor del peine en
su pelo: y leyendo ese remoto poema, Juan comprueba
que sí, que ellos sí, que ese poeta, ese pastor y esa mujer
son sus contemporáneos.
-Eduardo Galeano, de “El libro de los abrazos”-
 
 
 
Querido Ernesto:
 
Me permitirás que te llame de esa manera tan cercana a pesar de conocernos tan poco pero es lo menos que puedo hacer o sentir después de haber visto “Raymundo” y uno no puede sino emocionarse y querer que la ternura prime de una buena vez y toda esa mierda militar y represiva no haya ocurrido nunca, que no esté ocurriendo de alguna manera ahora. Pero no es así, aunque cuesta imaginar a Raymundo muerto después de tu película donde a pesar de todo está tan vivo.
 
Es raro terminar de ver una película como ésta, raro porque se mezclan todas las sensaciones: rabia, tristeza, mucho horror, por la forma cómo termina una vida por la fuerza; pero también la esperanza, la fe, la alegría porque hayan existido y se salven del olvido vidas y obras como la de Gleyzer.
 
La película tiene en este sentido, esa doble y paradójica lectura: por un lado la tragedia, la infinita tristeza ante la suerte macabra corrida por un hombre y sufrida hasta hoy por todos quienes lo conocieron e incluso por un chileno que viene a conocerle 32 años después de su desaparición física a través de tu trabajo. Porque aunque haya ocupado una pequeña parte del film la desaparición de Raymundo uno no puede dejar de impactarse por los testimonios de los amigos, su familia, la voz de su hijo Diego pidiéndole un nuevo cuento, lo que en un momento no pudo ocurrir nunca más.
 
Sin embargo hay la alegría, muchos sentimientos positivos que provoca el film, necesarios por el futuro que siempre debe apuntar hacia donde quería Raymundo, y todo lo que hagamos debe cargar con ese sentido, porque Raymundo vivió (y murió) por trabajos como el tuyo; y él (que poco le importaba morir) sí estaba más preocupado (incluso sin tener cómo saberlo) de que una pareja de compatriotas podría emprender el mismo camino tomado por él y Juanita casi 40 años antes.
Las coincidencias o más bien las similitudes son muchas en todos los sentidos, aunque es mejor no hablar de coincidencias en todo esto, no existe la casualidad cuando se habla de procesos y una historia vivida, sufrida y compartida por muchos países en Latinoamérica, eso queda muy claro en la película.
No existen casualidades sino causalidades, no existen coincidencias y si consecuencias y que pueden llegar a ser sorprendentes, como que (a propósito de “Corazón de fábrica”) aquí se filmara también una película, en 1973, “La batalla de Chile” y que mostró cómo los trabajadores de las mineras estatizadas tuvieron que agarrar la manija y diseñar y fabricar ellos mismos los repuestos para las piezas de las máquinas abandonadas por los extranjeros tras la expropiación, quienes se llevaron hasta los planos de los repuestos; o lo mismo que hizo Raymundo con la única cámara que tenían para la filmación de “México, la revolución congelada” y que le destrozó por accidente el “Negro” Ríos en medio de un páramo allá en Centroamérica….pero bueno, ustedes deben conocer esa historia mejor que yo.

 
Sabes también que el brillante Director de Fotografía de “La Batalla de Chile”, Jorge Müller, fue desaparecido un año después por los militares, un día después del lanzamiento del que sería su último trabajo para una película cumbre del cine chileno, “A la sombra del sol”. Exacta y cruelmente al amanecer de la fiesta del estreno. A diferencia de Juanita, su compañera Carmen Bueno, también cineasta, corrió con él la misma suerte.
 
Tu película se apoya en Raymundo para contar de toda una generación, de todo un país y hasta de todo un continente. Es muy interesante esa posibilidad del Documental, la de mostrar con mucha libertad el contexto en el que ocurren las cosas, da espacio para poder contar sobre un un montón de cosas más (Las imágenes del Festival de Cine de Viña del Mar del año 67 por ejemplo, aun cuando Raymundo no haya venido, fue muy lindo eso). En este sentido, hay dos elementos que me llaman poderosamente la atención en tu obra y que lo son casi todo: la investigación periodística y el montaje, hermano, hay mucha maestría ahí.
 
Raymundo habla por muchas generaciones a fin de cuentas, de cineastas o no y del destino que marcó a cada uno de ellos. Vuelta a las similitudes, hace dos años se estrenó aquí “La ciudad de los fotógrafos”, retrato de las andanzas de los reporteros gráficos chilenos durante la dictadura, hombres cargando con cámaras como armas, como le hubiera gustado a Raymundo, como no le gustaba a los militares, porque también esa generación tuvo sus caídos, y quizás debas conocer el caso de Rodrigo Rojas Denegri, secuestrado por una patrulla militar y quemado vivo en una calle de Santiago el año 86, tres meses después de haber llegado a conocer Chile porque sus pares habían sido exiliados. Tenía apenas 19 años.
Ernesto, te escribo de estas cosas y es como volver hacia algunas de las imágenes de tu película, inevitable también volver a tanta injusticia contra tantos como Raymundo, Conti, Urondo, Gelman y el hijo que le desaparecieron por no poder tenerlo a él, Rodolfo Walsh desaparecido exactamente un día después de denunciar a la Junta Militar en su famosa carta abierta, su hija muerta un años antes.
Ustedes tienen sus ejemplos, nosotros los nuestros y el resto de Latinoamérica también, pero cada una de estas muertes no será en vano si somos capaces de hacer de nuestra obra una simple extensión de nuestra manera de vivir y de creer, como escuché alguna vez le escuché al gran Andrei Tarkovsky, quien murió en el exilio debido a que el Gobierno Comunista ruso no le permitió críticas al Sistema en sus películas. Las similitudes Ernesto, las causalidades, las consecuencias, la maldita injusticia haciéndole desde siempre zancadillas a la historia y sus hombres.

 
Raymundo es un caso, una vida y ahora una película demasiado universales. Y hoy, sentado en mi casa aún con la vista pegada al televisor a pesar de que ya el disco dejó de girar hace un buen rato, se me hace más claro la urgencia de nunca echarnos a morir o entregarnos a la derrota de un mundo sin vuelta, a pesar de tanta evidencia en contra Ernesto, tantos abismos, muertes y sobre todo tanta soledad.
 
Hoy 25 de septiembre, Raymundo estaría cumpliendo 67 años y seguramente los estaría celebrando con una colosal fiesta junto a sus amigos del Cine de la Base. Me intriga saber que estaría haciendo estos días cámara en mano, qué procesos andaría registrando, ¿Bolivia?, ¿el MST en Brasil?, ¿ZENON?, ¿Cómo hubiera reaccionado frente a una obra como “Corazón de Fábrica”? A veces me da por lanzar conjeturas de este tipo e imagino por ejemplo a Víctor Jara mezclando su música con la de cabros hiphoperos en poblaciones periféricas de Santiago; cosas como esas, si los milicos no le hubieran reventado los dedos, quebrado sus muñecas y metido 42 balazos en el cuerpo.
 
Me gusta imaginar también que algún día lo sabremos, de alguna u otra manera; que nos seguirán llegando señales de sus vidas y sus obras. Hay poblaciones periféricas aquí en Chile donde los hiphoperos ya han comenzado a mezclar su música con la de Víctor; y “Raymundo” es también en parte eso, una señal más de que la obra y el legado de Gleyzer están más vivos y son más necesarios que nunca, porque de eso se trata esta película creo, de vida, y por ningún motivo de muerte, a pesar del trágico final.
 
Hay caminos (trágicos o bellos, en la vida o en la muerte) que llevan a la gente a encontrarse inevitablemente, y ahí sabremos cuánto de todo esto se cumplió y cómo. Tarde o temprano nos vamos a encontrar todos los que nos merecemos y en este sentido fue muy bueno conocerte antes y una suerte además apreciar una inmensa obra como la tuya. Te agradezco enormemente eso, y por supuesto las copias, a ti y a Virna, que películas como “Raymundo” sirven para unir más a las personas y seguir creyendo, que a fin de cuentas sigue  siendo lo más importante.
 
Un abrazo para vos y tu mujer, y decile que la esperamos por acá cuando viaje a lo de Valdivia, que no se olvide.
 
Suerte ché !
 
Atte.
Rodrigo
 
Un par de días después recibí carta de Ernesto. Su respuesta y mi carta fueron parte de un post en aquel entonces. En ella, me devolvía impresiones sobre las motivaciones y contribuciones de su documental, me agradecía las palabras y pedía mi autorización para publicar lo que yo le había escrito. Por supuesto que acepté.
También sugería (a través de mí a Radio Placeres y a Ciudad Invisible, organizadores del ciclo de cine que lo invitó a Valparaíso) proyectar y reproducirla cuando quisiéramos, claramente el copyright no era lo suyo en circunstancias como en la que nos conocimos: un ciclo de cine latinoamericano centrado en conflictos y luchas sociales.
Y así lo hice, al menos personalmente. Mostré el documental a algunos amigos, realicé varias copias para entregar cuando se necesitaran y no dejé de comentar “Raymundo” en cuánta reunión estuviera.
Que más allá de una obra como la de Gleizer creo está su vida, llevada intensamente hasta las últimas consecuencias y de la única manera que al parecer sigue siendo necesaria: siguiendo al corazón, renunciando al miedo y volviendo al coraje de hacer justamente lo que realmente se quiere.
Y que más más acá de una imprescindible obra como la de Ernesto y Virma (y no sólo con “Raymundo”) seguimos nosotros recordando que la palabra Revolución se parece mucho a esa otra, a Re – Evolución.
De la disolución de ambas están hechas en parte nuestras parciales derrotas. De su complemento y conjugación, por el contrario, nacerán los verdaderos y más significativos cambios de un mundo todavía a la expectativa, el que comienza, por cierto, en el centro mismo de cada uno de nosotros.

Coquimbo, 25 de septiembre de 2012

Raymundo (2002)
de Virna Molina y Ernesto Ardito

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