Las fotografías de Raúl Ruiz en Valparaíso


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Siempre que salen las fotos salen también las preguntas. Ahora que una de ellas fue utilizada como imagen delafiche y el programa del 17 Festival de Cine de Valparaíso, la historia la propongo yo.

Fue en marzo del 2008, Raúl Ruiz estaba en Chile y más aún, de paso en la Región de Valparaíso filmando escenas para “Litoral”, la que sería su última película realizada en nuestro país. Yo estaba también en ese tiempo viviendo en Valparaíso, pero como suelen ser a veces las cosas, de aquello no tenía cresta idea.
Eran tiempos distintos para Pilar y para mí. Entonces ninguno tenía un trabajo con horario fijo y eso posibilitaba estar tranquilamente echando la pestaña en pleno horario laboral de un día martes, sin ningún tipo de remordimiento
En esa estábamos, echando humo cerca de las 9 de la mañana cuando su hermana nos cae de visita. Que Oriana apareciera a esa hora ya era extraño, el motivo lo iba ser más.
Mi querida cuñada llegaba pidiendo no sé que cosa porque el día anterior había estado carreteando y en un bar conoció a unos tipos que le dijeron eran productores de cine así es que la invitaban a participar (a ella y sus amigas) de extras al día siguiente en una película. La Universidad del Joteo .
Lo mejor vino después con el remate de la historia, porque Oriana iba a grabar con “un tal Raúl Ruiz”, lo contaba así, con una ingenua ignorancia que contrastaba con los grandes ojos que abrió Pilar. Lo sé, porque a pesar que yo seguía haciendo una especie de homenaje a Morfeo entró de carrera a la habitación y despertándome me preguntó si sabía yo alguna noticia con respecto a una película que Raúl Ruiz iba a filmar en Valparaíso, porque resulta que Oriana…y ahí me enteraba del cuento.
Yo no entendía nada, era todo como todavía parte del sueño, pero ahí estaba Oriana con su cara de yo no fui confirmándolo todo, agregando además que las grabaciones serían en el Paseo Weelright de Valparaíso, preguntando una vez más quién era el tal Ruiz (seguramente impresionada por nuestras caras) y despidiéndose en el acto porque comenzaban en 15 o 20 minutos.
Raúl Ruiz en Valpo? y grabando ? y para más remate ahí a unos pocos metros de nuestra casa ? revisé el calendario y estábamos lejos aún del 27 de diciembre, salvado, todo podía ser cierto. Vamos ! le largué a Pilar, que es la mujer más entusiasta del mundo así es que ella ya se había decidido antes que yo.
Mi chica es record olímpico para demorarse en salir de casa, pero aquella mañana batió la marca a la inversa y en tres tiempos ya estaba lista y esperando mientras yo cargaba una mochila con grabadora, libreta y cámara fotográfica (sí, eran los tiempos de la compacta Casio QV-R51 y es esta la parte de la historia que a veces la gente no me cree pero así fue).
Llevaba también un ejemplar de la Revista Última Butaca, que aquella sería la coartada para intentar ingresar al set si todo era cierto. En aquel momento no sabía que llevaba el que a la postre iba a ser el único ejemplar publicado de la revista pero mi cuento iba a ser entrar justamente como periodista de aquella publicación de cine.
En 2 minutos lo había pensado todo por si acaso. No perdíamos nada, a lo más soportar un enredo o confusión de nombres de mi cuñada y entonces la vuelta con la grabadora, la libreta, la cámara, la revista y el rabo entre las piernas. Capaz que sea para un video de Pablito Ruiz, bromeamos con Pilar.
Llegamos al Paseo Weelright, en la costanera de la ciudad y era cierto. Había un plató de grabación, había productores, camarógrafos, iluminadores, sonidistas, actores y por supuesto, había un hombre alto de sobrero blanco, paseándose infatigable pero lentamente de un lado a otro del set, con las manos en la espalda, era Raúl Ruiz.
Pero había que hacer un contacto, y ese era por supuesto mi, en ese momento, adoradísima cuñada. Aunque no hubo tanta necesidad.  Un grupo de muchachas de similar edad se probaba vestuario de los años 50 y al vernos aparecer un productor se acercó a Pilar y le propuso, sin más, participar como extra en aquel día. Así fue pues, Pilar bajo las órdenes de Raúl Ruiz e incluso iba a participar directamente de un par de escenas cargadas del simbólico estilo Ruiziano.
Así es que con mi chica adentro no hubo más que instalarse y poco me faltó para sacarme los zapatos y echarme a descansar con los pies en la mesa de centro. Una vez adentro yo también, me paseaba a gusto, fotografiaba, y hasta de los catherings agarraba; tuve acceso al guión original (que por cierto me pareció mucho mejor de lo que finalmente salió en cámara) y por supuesto pude conversar con Ruiz, quien aceptó gentilmente concederme una entrevista.
El único problema es que debía ser por la tarde al terminar las grabaciones, misma hora en la que yo debía atender asuntos laborales. No podía pedir más después de tanta pasada así es que me quedé callado, acepté y el pato lo iba a tener que pagar mi otro entrevistado.
En ese tiempo yo reporteaba para un medio electrónico y aquel día cerca de las 15:30 horas tenía una entrevista con el Presidente del Directorio del Puerto de Valparaíso, nada más y nada menos que con el ex Ministro de Estado, Germán Correa, ejecutivo de tomo y lomo y por tanto con agenda más rayada que mesa de colegio.
Entenderán que conseguir la entrevista no fue nada fácil, no podía por tanto dejarlo plantado pero sí hacerla corta y lo hice de la manera más descaradamente honesta que pude. Luego de un rato (un ratito) de conversa, apagué la grabadora y le cuento que todo se acabó:
–          Germán – le digo – sabes que lo vamos a dejar hasta acá no más porque con esto tengo y se me está pasando la hora para una oportunidad única, entrevistar a Raúl Ruiz, imagino que lo conoces.
Conocía de antes a German Correa, un tipo bastante sencillo y cercano, tanto así que le pareció formidable la ocasión y asombrado me escuchaba él ahora a mí contándole el mismo pedazo de historia que llevo escrito hasta aquí; tanto así que hasta conversamos un rato más acerca de Ruiz y su obra.
-Buena suerte, porque la tienes – fue lo último que escuché salir de la boca de Correa mientras dejaba el edificio y tomaba rápidamente en dirección al Paseo Weelright, temeroso que de que las grabaciones hubiese ya finalizado pero no.
Ahí estaba todo igual en el set, salvo las extras. Sólo Pilar resistía a pesar de que grabar escenas se puede volver la cosa más tediosa del mundo entre tanto Acción y Corte. El resto (mi cuñada y sus amigas) acusaban un notorio agobio y cansancio. Para ellos todo esto era diametralmente distinto, ya que no tenían noción alguno de quien era este caballero que les cambiaba las escenas y les hacía decir y hacer cosas raras en ellas.
En efecto, Ruiz era un tipo extremadamente creativo y era cierto lo que le había leído en una entrevista de hacía casi 36 años, cuando confesaba que el guión lo hacía al final de sus películas. Lo vi improvisar planos, escenas y diálogos. Pilar me contó de una escena fabulosa ocurrida sobre el vagón de un tren abandonado ahí en la costa y que Ruiz hizo ocupar y mover para grabar.
La escena involucraba un diálogo mientras el vagón se desplazaba lentamente hacia el sur, de pronto, el riel llegaba a su fin e iba a ser necesario rehacer todo nuevamente pero en vez de dar la orden de cortar, Ruiz hace un gesto para que todo siga tal cual y ordenando en silencio que el vagón comenzara a retroceder. Así, la misma escena finalizaba con un viaje en dirección al mismo punto de partida. Ruiz por donde se le mire.
Sereno Ruiz, calmo, no dejaba de pasearse por el set con las manos en la espalda, se detenía a veces para conversar con algún actor o dar indicaciones a algún miembro del equipo, casi siempre en voz baja, como un profesor tratando delicadamente con niños, y seguía su rumbo. Ya estaba viejo su cuerpo, pero no su cabeza, descansaba un rato, se sentaba y seguía, lento pero infatigable.
Hablamos finalmente, una vez guardada la claqueta, luego de todo un día de trabajo, con una copa de vino en la mano y el último sol de la tarde calentándonos la cara y deteniendo los relojes.
Me contó de su infancia en el sur de Chile, de cómo encontró el gusto por el relato en aquellas largas noches de invierno, entendí por qué hablaba de fantasmas en sus últimas películas. Me dijo que nada aprendía ya del cine moderno, que no filmaba en Hollywood porque eran entusiastas pero estresados con el éxito, que seguía metido como siempre en dos o tres proyectos en paralelo y que veía el cine chileno más por una extraña filiación patriótica.
Guardo de Ruiz el recuerdo de un tipo tranquilo, satisfecho, enciclopédico, lleno de humor y la más impecable, implacable, ironía, haciendo cine como quien se pasea por un parque y no como si estuviera en una oficina, confiado de que lo verdaderamente importante no es la película en sí, si no lo que se va encontrando en ese caminar, dispuesto a tomar los senderos que fueran necesarios en aquel momento.  Después de todo el guión es un punto de partida y no el fin de la historia. Una película está siempre viva mientras no se escriba la palabra fin.
Era Ruiz, el cineasta chileno más importante de todos los tiempos, mostrándome durante un día y más de 100 películas, la verdadera sabiduría y velocidad de las cosas.

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